martes, 13 de octubre de 2015

IRRATIONAL MAN (2015)

Allen es un clásico autoconsciente y por ello no se corta al mostrar las costuras, el andamiaje de su guión como si del centro Pompidou de Paris se tratara. Por ello, nos avisa cuando viene el giro que desencadena el desenlace o nos deja su marca de la casa: el objeto cotidiano e insignificante que funciona como catalizador de un final más o menos emparentado con la justicia poética. 


ALCANZAR EL STANDARD SIN DESPEINARSE 


Calificación: 3/5 





Estados Unidos, 2015.- 96 minutos.- Director: Woody Allen.- Intérpretes: Joaquin Phoenix, Emma Stone, Jamie Blackley, Parker Posey, Ethan Phillips, Julie Ann Dawson, Mark Burzenski, Gary Wilmes, Geoff Schuppert, David Pittu, Steven Howitt, Kaitlyn Bouchard, Ana Marie Proulx, Kate McGonigle, Tamara Hickey- COMEDIA DRAMATICA DE INTRIGA.- Lejos quedan los tiempos en los que una producción americana te aseguraba, por lo menos, que no te ibas a aburrir. Quizá sea porque me he hecho viejo y las pelis cool ya no las hacen para mi generación, pero desde hace unos 10 años son frecuentes las cintas que provocan en mí el deseo de abandonar la sala. Por eso, agradezco a Woody Allen el hecho de que, salvos vergonzantes ocasiones, sus películas me valen para estar entretenido durante hora y media. ¿Qué sus películas después de Matchpoint no son obras maestras sino todo lo contrario? Seguramente ni se lo plantea. Simplemente quiere hacer una de las cosas que más le gustan en esta vida mientras la salud se lo permita. ¿Qué no te gusta esa filosofía o ética del trabajo? No vayas a ver sus pelis. Nadie te obliga.

 A mí me vale. Porque sin despeinarse, sin esfuerzo levanta pelis cuya calidad media ya me gustaría que fuera la de la producción cinematográfica actual. Sin apenas esfuerzo consigue historias sencillas que reflexionan sobre la condición humana y en las que, al menos yo, me siento casi siempre identificado. La culpa, la fugacidad de la felicidad, lo caprichoso del destino, nuestra cambiante y frágil percepción de la realidad (como aquello que nos atormentaba, de repente, no tiene la más mínima importancia) y las ideas románticas que nos hacemos sobre los demás, es decir, el fascinante asunto de la identidad, de la imagen pública y lo que realmente somos vuelven a estar presentes en una versión light de Delitos y faltas.

Allen es un clásico autoconsciente y por ello no se corta al mostrar las costuras, el andamiaje de su guión como si del centro Pompidou de Paris se tratara. Por ello, nos avisa cuando viene el giro que desencadena el desenlace o nos deja su marca de la casa: el objeto cotidiano e insignificante que funciona como catalizador de un final más o menos emparentado con la justicia poética.

Abe Lucas, un profesor de filosofía en plena crisis existencial, encuentra un nuevo propósito a su vida cuando se relaciona sentimentalmente con una de sus alumnas. Todo comienza con un Abe incapaz de encontrar la alegría o el significado a su vida. Tiene la sensación de que todo lo que ha intentado hacer, ya sea como activista político o profesor, no ha tenido la más mínima importancia. Al poco de llegar a la universidad de una pequeña ciudad donde va a impartir clase, Abe se relaciona con dos mujeres: Rita Richards, una solitaria profesora que busca que le rescate de su infeliz matrimonio; y Jill Pollard, su mejor estudiante, que termina por convertirse en su amiga más cercana. A pesar de que Jill está enamorada de su novio Roy, no puede evitar encontrar irresistible la personalidad artística y atormentada de Abe, así como su exótico pasado. Incluso cuando Abe deja señas de su desequilibrio mental, la fascinación de Jill no hace más que crecer.

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