miércoles, 10 de junio de 2015

IT FOLLOWS (2015)

CUANDO EL CINE DE TERROR NOS HABLA DE LA VIDA

CALIFICACION: 3,5/5 

Una película que te reconcilia con el cine de género, tan castigado por el Hollywood actual, obsesionado con ser lo más standard posible para conectar con la mayor cantidad del esquivo público actual. 



Estados Unidos, 2015 – 93 minutos. – Director: David Robert Michell. – Intérpretes: Maika Monroe, Keir Gilchrist, Daniel Zovatto, Jake Weary, Olivia Luccardi.- DRAMA DE TERROR. Pensar que las películas de terror son cintas de sustos es ensuciar la memoria de un género memorable. El casi debutante David Robert Mitchell recupera el gusto por la atmósfera, el detalle en las localizaciones (que son un personaje más en la cinta y no de los secundarios) y un rico subtexto que está ahí para el que pueda y quiera verlo. Sin embargo, esta capacidad metafórica no perjudica casi nunca al texto, a la historia que nos están contando que atrapa al espectador, lo lleva por interesantes vericuetos y le hace mantenerse hechizado por la pantalla. 

 Con evidentes ecos del terror suburbano de Halloween pero también del cine angelino, es decir ambientado en los Angeles de los 80, la narración nos atrapa con luces de neón, música envolvente de sintetizadores y planos largos (en extensión y en profundidad de campo) que nos permiten imbuirnos del ambiente en el que viven los personajes.

La primera media hora es casi una obra maestra en la que se fijan a la perfección las normas de este universo paralelo totalmente anclado a la cotidianidad. Obviamente, era casi imposible mantener ese nivel y menos en manos de un novato. La película da algunas vueltas sobre sí misma y roza la repetición y el subrayado. Son defectos subsanables gracias a la fuerza de la trama, las interpretaciones, esa atmósfera prodigiosamente conseguida y, por supuesto, con las cargas de profundidad sobre la conexión de sexo, amor y muerte. El sexo como una forma de huir del miedo a la muerte, el amor como la salvación ante la angustia de lo anterior, la imposibilidad de mantener ese amor intacto e imperecedero con el paso del tiempo… pura poesía.



 Sin embargo, el epílogo es brutal y descarnado (no visualmente sino dentro del campo de las ideas) y coronado por la desasosegante, reveladora e incómoda escena de uno de los protagonistas pasando con su coche por delante de dos prostitutas callejeras. No hay paz, nunca hay paz para las almas inquietas. A David Lynch seguro que le gusta ese momento y algunos otros de esta agradable sorpresa para el cinéfilo desprejuiciado.

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