miércoles, 18 de febrero de 2015

NIGHTCRAWLER (2014)

LUCIDA FABULA MORAL SOBRE NUESTRO TIEMPO 

Calificación: 3,5/5 

Gilroy nos regala un film inclasificable (aunque crea momentos de gran tensión su clasificación dentro del thriller es problemática) que nos plantea la falta de ética absoluta, la deshumanización total y las consecuencias de un clima de corrupción oculto sepultado bajo toneladas de hipocresía y autoengaño potenciados por manuales de autoayuda y verborrea neocapitalista de la que se nutren los simposios de emprendimiento empresarial. 


Por Luis López


 Estados Unidos, 2014.- 113 minutos.- Director: Dan Gilroy.- Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Rene Russo, Riz Ahmed, Bill Paxton, Kevin Rahm, Ann Cusack, Eric Lange.- THRILLER DRAMATICO.- Al cine de Hollywood siempre le ha gustado echar la vista atrás y analizar de forma crítica el pasado de su país. Esta vertiente revisionista nos ha regalado decenas de obras maestras. Siendo meritorio poner en tela de juicio los acontecimientos que forjaron un país, me resultan mucho más atrevidas y lúcidas las cintas que le toman la temperatura moral al momento exacto en el que la película es concebida y filmada, sin la amplia perspectiva que da el paso del tiempo. Y Nightcrawler y, la todavía en cartel Whiplash, son ejemplos perfectos. 

Se ha retratado a este film como una despiadada crítica a la prensa amarillista que se alimenta de plasmar en imágenes la violencia y la desgracia humana. Siendo totalmente cierto, es una visión reduccionista. Lo que se muestra sobre el mundo de la compañías periodísticas se podría aplicar a otras aventuras empresariales y la metáfora seguiría funcionando igual, aunque quizá no fuera tan llamativa. Lo que plantea el hasta ahora guionista, en su debut como director, es una lúcida fábula moral sobre nuestro tiempo, basculando sobre un gran personaje al que da vida un Gyllenhaal que, sin necesidad de maquillaje, se convierte, muta en un ser semihumano más cercano a un ave de rapiña. 

En lo que llevamos de siglo XXI, uno de las grandes innovaciones de Hollywood a la hora de presentar sus historias más interesantes ha sido como los héroes y antihéroes han sido desplazados definitivamente del centro protagónico a manos de lo que en tiempos pasados hubieran sido antagonistas. Sólo películas incomprendidas en su tiempo, y ahora encumbradas, se atrevieron a hacerlo dentro del sistema de estudios. La que más nos recuerda a Nightcrawler es El gran carnaval de Billy Wilder. Pues bien, este Lou Bloom que descubre, tras ser testigo de un accidente, el mundo del periodismo criminalista en la peligrosa ciudad de Los Ángeles es un paso más en esta tendencia. Estamos ante un sociópata sin empatía alguna hacia sus semejantes e incapaz de ser autoconsciente de su propia inmundicia y de las líneas rojas que continuamente cruza tanto en su nueva profesión como en las relaciones personales que entabla. Las conversaciones con el personaje interpretado por Russo son paradigmáticas al respecto. Gilroy nos regala un film inclasificable (aunque crea momentos de gran tensión su clasificación dentro del thriller es problemática) que nos plantea la falta de ética absoluta, la deshumanización total y las consecuencias de un clima de corrupción oculto sepultado bajo toneladas de hipocresía y autoengaño potenciados por manuales de autoayuda y verborrea neocapitalista de la que se nutren los simposios de emprendimiento empresarial. 


La película, en definitiva, es una experiencia turbadora tanto por la ambigüedad de los personajes como por el estupor que provocan sus actitudes, sin olvidar que ilustra y constata a la perfección la forma más rápida y segura de conseguir el éxito en nuestra sociedad. Hace poco escuché de boca de alguien bastante más joven que yo lo siguiente: “Los principios están sobrevalorados”. Más que la frase en sí, lo que me produjo incredulidad fue el darme cuenta de que al decirlo no era consciente de salto cualitativo que suponían esas palabras respecto a la manera de entender el mundo por parte de generaciones anteriores. Del tabú que estaba rompiendo. Aunque en algún momento lo pensáramos, nunca nos hubiéramos atrevido a verbalizarlo. Y, sobre todo, hemos seguido poniendo a los principios en un pedestal aunque más de una vez nos haya tocado traicionarlos. No sé qué es peor.

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