martes, 28 de octubre de 2014

PERDIDA (GONE GIRL) -2014-

PERSPICAZ TERMÓMETRO DE LOS TABÚS DE NUESTRO TIEMPO BUENROLLISTA. 

CALIFICACION: 4/5 

 Estados Unidos, 2014.- 154 minutos.- Director: David Fincher.- Intérpretes:Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris, Tyler Perry, Kim Dickens, Patrick Fugit, .- DRAMA DE INTRIGA.- Los claroscuros de la narración y la identidad, una valiente incorrección política, la destrucción de tabúes, la perspicaz crítica de la hipocresía para incautos, una magnifica dirección, planificación y montaje…en definitiva, un peliculón.

 Fincher, como ya hiciera en la mayoría de su filmografía pero, sobre todo, en La red social, usa como excusa la trama de su película (que, incluso a los que nos fascina, hemos de reconocer que no es el punto más fuerte de la misma) para dejar constancia de las miserias de nuestro tiempo, caracterizado por la falsa ilusión, presente en todas las épocas pero paradigmática en la nuestra, de haber superado los excesos del pasado en ambos extremos (desmanes hippies vs. excesos conservaduristas) y haber alcanzado el justo y sabio medio… Al tiempo que vivimos, como dirían los americanos, “the best of times” (el mejor de los tiempos) en cuanto a tolerancia y sabiduría social.

Es francamente difícil analizar las bondades y debilidades de la cinta sin hacer spoilers, sin destripar una estructura narrativa fascinante que parte de una exitosa novela que ha sido adaptada al cine por la misma escritora, pero cambiando el final para que el film también resultara apetecible a los lectores de la obra. Sólo decir que todos los aspectos narrativos y estéticos, junto a la narración cinematográfica, la planificación y las interpretaciones, son impecables.

Y algo muy importante y no siempre fácil de detectar. Perdida es una obra más ficcional de lo que puede ser, por ejemplo, la saga de El señor de los anillos. Sólo porque los personajes se muevan en ambientes parecidos a los nuestros no significa que estemos ante una obra realista. El cine de Hollywood (salvo excepciones) nunca ha sido realista. Más bien se trata de una visión romántica (en el sentido amplio de la palabra) de nuestro mundo. Y Perdida no es una excepción. No está contando una historia “real”, sólo lo aparenta y, si analizamos el film desde esa perspectiva, claro que le podemos encontrar puntos débiles. Pero es que la narración se pasa por el forro la dictadura de lo real (que está matando el cine, al menos como yo lo concibo) siguiendo a los grandes al estilo de Hitchcock. Sin ir más lejos, su obra maestra “Vértigo” no hay quien se la crea pero a nivel simbólico y metafórico funciona como un reloj, mucho mejor aún que el film que nos ocupa, por cierto.

Paso ahora a destripar el film, por lo que no deberían seguir leyendo aquéllos que todavía no han tenido la oportunidad de ver esta obra cuya grandeza se constata con la reacción negativa de los sectores del público que pretenden (con absoluta legitimidad) ver la misma película comercial con insignificantes variantes, una y otra vez. Y otra…y otra.




 1) La naturaleza esquiva de la identidad. Forma y fondo son coherentes en la película desde los créditos iniciales. Los nombres de los actores apenas se entreven ya que se difuminan tan rápidamente como aparecen en pantalla como correlato de la imposibilidad, lo inasible del conocimiento absoluto del otro, por mucho que durmamos en la misma cama todas las noches. Cuantas veces los cónyuges se sorprenden de comportamientos del otro absolutamente inesperados (especialmente cuando las cosas se tuercen) alcanzando la sensación de haber convivido con un extraño. Todos conocemos a parejas “perfectas” que inician guerras terroríficas por el dinero y los hijos cuando el amor se ha acabado. Esto se plantea desde la primera imagen de la cabeza de la protagonista acariciada por la mano su marido haciéndose las preguntas que a cualquier ser humano con dos dedos de frente le atormentan sobre su pareja: ¿En qué piensa? ¿Qué siente? ¿Quién es?

 2) Porque el tema central de la película es el matrimonio. El film realiza una de las más perspicaces y a la vez desencantadas radiografías conyugales nunca vista en el cine comercial americano. Fincher nos golpea con el deseo de moldear al otro a imagen y semejanza de nuestras fantasías románticas, sociales y económicas (“Si quieres poner a prueba la fortaleza de un matrimonio súmale una recesión y réstale dos empleos”). Navega con sabiduría por la no aceptación de la verdadera e inmutable naturaleza del otro y con la conversión de la institución matrimonial en una empresa dedicada a crecer económicamente y a mejorar y eternizar ambas estirpes familiares. Amén de constatar lo que tiene el matrimonio de potenciador de una imagen social ante los demás, muy por encima del componente antisocial primigenio que significaban un hombre y una mujer cuando se encuentran pasionalmente entre 4 paredes. Sin importar para nada lo de fuera, que prácticamente desaparece en esos momentos de comunión física y espiritual.

 3) La hipocresía social es también un asunto importante en la película. La libertad de expresión es una falacia no ya sólo a nivel político (lo cual es una obviedad) sino a nivel social. La honestidad duele y ganamos más con la simulación y la mentira. El protagonista es linchado en la arena pública de la telebasura mientras intenta ser honesto dentro del sentido común (oculta datos como su infidelidad porque es tonto pero no imbécil). Sin embargo, es redimido por la turba buenrollista y meliflua y, especialmente por su psicópata esposa, cuando cuenta la gran mentira que todo el mundo quiere oír: a pesar de todo el amor triunfa y todo lo puede.

 4) Todas las sociedades tienen sus tabúes. Pensar que ahora todo es aceptado es infantil y de ilusos. Antes el matrimonio de conveniencia o para unir fortunas estaba bien visto y ahora es un tabú. Sin embargo, rara vez acaban formando matrimonio dos personas de clases sociales y económicas antagónicas. El sistema cada vez más perversamente brillante ya se encarga de hacernos creer que elegimos con absoluta libertad a nuestra pareja. Por su parte, antes, la diferencia generacional en la pareja era casi un plus que aseguraba el éxito y ahora es la constatación de que el adulto se aprovecha de la debilidad del joven. Baste ver la imagen real que la película da de la amante del protagonista como alguien que tiene muy claro donde se ha metido y la imagen de ficción que ofrece ante las cámaras para presentarse como víctima.


 5) Pasamos ahora al tabú más delicado que dinamita de manera muy elegante el film. Escrito por una mujer, no lo olvidemos. En el pasado las mujeres no tenían ni voz ni voto. Siempre prevalecía la versión del hombre sobre la de la mujer en todo tipo de pleitos y asuntos de responsabilidad dudosa. En aras de darle una vuelta a esta injusticia y, con buen criterio, se optó por la discriminación positiva en todo tipo de asuntos: custodia de los hijos en caso de divorcio, paridad, etc. Todo tiene su claroscuro. La protagonista se aprovecha de esta corriente social, aireada por los medios, para tomar ventaja y aparecer ante los medios como la víctima de un machismo desaforado que sigue matando a las mujeres. “América ama a las mujeres enamoradas” Paradigmática es la escena en la que la mujer policía (junto a la hermana del protagonista, dos mujeres aparentemente en las antípodas de la protagonista) intenta apretarle las tuercas a tan encantadora muchacha y los policías le paran los pies, unos convencidos de su papel de hombres comprensivos del siglo XXI y otros seguidores, a su pesar, de la corriente general para no ser tildados de cerdos machistas.

 6) El film también reflexiona sobre el propio oficio de narrar historias y las posibilidades infinitas de la invención. Hay dos voces en la película: la narración convencional en tercera persona y la primera persona con la que se dirige a nosotros la protagonista. De manera inconsciente, creemos a quien nos cuenta una historia en el cine, máxime cuando se trata de un diario personal. Pero desde el primer dialogo que sale de las páginas de dicha bitácora, Fincher nos está diciendo (al que quiera oír) que estamos ante una mentira como una catedral. Nadie habla como Affleck y Pike en ese diálogo, ni siquiera los personajes de los libros actuales. Pero tendemos a pensar que se trata de un fallo de guión, que a la guionista se le ha ido el tono y ha parido un texto terriblemente pedante y falso. Por ello, hay que tener un par de bemoles para hacerlo. El personaje de Pike demuestra que ha heredado la habilidad literaria de sus padres que convirtieron en novelas juveniles de éxito la idealizada representación de la vida de su hija, hundiéndola en la miseria de las expectativas no alcanzadas.

 7) Interesante también resulta la huida de la protagonista y el encuentro con otro tipo de maldad más chabacana, más ingenua, menos retorcida. Todo ello filmado en ambientes que nos recuerdan al clásico por excelencia del subgénero psicópata por amor: Que el cielo la juzgue. Por que eso es la increíble Amy. Quiere que la quieran como ella se ha imaginado en su deformada fantasía y, sobre todo, que se lo digan. Affleck lo sabe “no necesito convencer a 10 millones de personas (los que van a ver su entrevista televisiva). Me basta con convencer a una” Y la convence. Y ella hace lo que mejor sabe hacer para recuperar su amor: matar y mentir. En el fondo sólo es “una pobre chica que quiere ser amada”. Eso sí, siguiendo sus reglas.

 8) Finalmente, el film ve el matrimonio como una cárcel dorada. Es como una “Guerra de los Rose” sin un humor tan evidente. Y ambos quedan atrapados, encarcelados en un matrimonio ante la llegada del primer hijo y sumando a las antiguas preguntas una nueva especifica: ¿Qué nos haremos el uno al otro?

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